Venezolanos en España: la fuga de cerebros y el precio del éxito

Venezuela es desde 2019 el país de origen que más solicitudes de asilo realiza a España. Hablamos con recién llegados y con veteranos para conocer mejor qué les empujó a dejarlo todo para venir a nuestro país.

Por Anthony Coyle
Publicado 23 sept 2022, 10:52 CEST
Banderas española y venezolana en una cafetería del mercado Maravillas de Madrid, donde abundan los comercios ...

Banderas española y venezolana en una cafetería del mercado Maravillas de Madrid, donde abundan los comercios regentados por migrantes procedentes de Sudamérica.

Fotografía de Anthony Coyle

Es mediodía, y el mercado Maravillas de Cuatro Caminos, ubicado en lo que en otro tiempo fueron las afueras de Madrid (y hoy es el corazón) bulle de clientela española y, sobre todo, latina. Basta ver las banderas y pegatinas que adornan las cajas registradoras y las balanzas de las charcuterías: en lo que a nacionalidad de los comercios se refiere, Venezuela y Perú ganan por goleada. En cuanto detecta que estoy tomando fotografías de la bandera, la joven dependienta de Delicias Caracas me informa de que esta tiene siete estrellas. “Por ahí se ven algunas banderas con ocho, y la octava se la inventó Chávez”, me dice Yenniret De Sousa. El establecimiento, que vende dulces y golosinas de todo el continente sudamericano, también tiene a la venta gorras con la bandera de su país, el cual Yenniret abandonó junto a su padre hace un año.

Más que Ucrania o Siria, y sin una guerra de por medio: casi siete millones de venezolanos se han visto obligados a abandonar su país en la última década, según el informe de 2022 de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Hace una década había 60 000 venezolanos en España. Hoy, la cifra supera los 410 000, un número superior al de la diáspora china española (228 000), aunque lejos de los 776 000 ciudadanos procedentes de Marruecos o los 632 000 de Rumanía. Pero los recién llegados del país sudamericano tienen notables diferencias con los migrantes norteafricanos y europeos.

Desde hace seis años, Venezuela es el país de origen que más solicitudes de asilo realiza a España, primer país de acogida de la UE. Coincidiendo con la crisis política en la que la Asamblea Nacional se negó a reconocer a Nicolás Maduro como presidente (y que se suma a la crisis económica que asola al país caribeño desde 2013), el Gobierno de España aprobó en 2019 una ley que concede la residencia por razones humanitarias a los venezolanos que no cumplan las condiciones para obtener asilo. Con más de 63 000 venezolanos censados, Madrid es su destino preferido, seguido de Barcelona y Tenerife.

Puesto de dulces y golosinas de origen sudamericano regentado por Yenniret De Sousa y su padre en el mercado Maravillas de Madrid. Abandonaron Venezuela hace un año.

Fotografía de Anthony Coyle

Cuando España aprobó la nueva ley, Claudia Paparelli tenía 28 años, una carrera de Derecho y un trabajo como periodista multimedia en el canal de noticias NTN 24 en Caracas. “Era el sustento de mi familia, pero no me alcanzaba para mantenerles”, me cuenta por teléfono. En 2019 tomó la decisión de dejarlo todo para venirse a España “a ciegas”. La mayoría de sus amigos ya se habían ido de Caracas y se encontraban en Madrid. Encontró trabajo como camarera en una hamburguesería, y se las apañó para compaginarlo con un máster de fotografía en la Universidad Complutense de Madrid. Dice sentirse muy a gusto en España: "A veces, voy en el metro y escucho a alguien cantar en el vagón con una guitarra una canción de mi país. Me siento como en casa. Es impresionante la cantidad de venezolanos que hay aquí. A veces me siento más en Caracas que en la propia Caracas", dice riendo.

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Venezolanos, formados y preparados

En el libro De fuga de cerebros a red de talentos, Marianela Lafuente, ingeniera civil de la Universidad Central de Venezuela, y Carlos Genatios, exministro de Ciencia y Tecnología de Venezuela (1999-2002), inciden en el grado de formación de la diáspora venezolana como una de sus bazas fuertes: "En los últimos tiempos, la diáspora calificada ya no se considera simplemente un producto de la indeseable 'fuga de cerebros', sino que ha llegado a ser valorada como un verdadero 'banco de cerebros' que puede ser aprovechado en función del desarrollo del país, y como una fuente de recursos para impulsar nuevas dinámicas de circulación del conocimiento y del talento humano".

Claudia Paparelli estudió derecho en Venezuela, pero tomó la decisión de no ejercer por lo que ella tilda de "razones obvias": "todo estaba sucio". Cuando llegó a España, empezó a estudiar un máster de periodismo en la Universidad Complutense mientras trabajaba como camarera. Su sueño es ser una fotoperiodista profesional. Después cubrir la catástrofe humanitaria de Lesbos en 2020, también ha trabajado en Polonia y Ucrania, y  actualmente trabaja en un departamento de atención al cliente.

Fotografía de Claudia Paparelli

Este es un rasgo sencillo de detectar cuando charlamos con venezolanos migrados a España. No hay dos historias de vida iguales. Muchas nos hablan de sacrificio, esperanza, resignación. Pero también de éxito. Ana María Arévalo Gosen, fotoperiodista y exploradora de National Geographic, es ejemplo de ello. En el 2009, esta estudiante de Estudios Liberales (mezcla de economía y ciencias políticas) que ambicionaba “luchar por la desigualdad e injusticias” de Venezuela, decidió dejarlo todo en busca de una nueva vida. Contaba con 20 años cuando, asustada tras experimentar tres episodios violentos, le dijo a su madre, trabajaba para la aerolínea francesa Air France, que deseaba salir de Venezuela.

La madre envió un correo a todos los auxiliares de vuelo de la aerolínea que vivían en Europa. En principio, no le interesaba trasladarse a España porque le parecía “el camino fácil”. Tras mudarse con una familia de acogida en Francia (donde estudió fotografía en la ETPA de Toulouse), Ana María conoció a su actual marido, Philipp, y se mudó a Alemania (donde trabajó para una pequeña revista local (“me creía Annie Leibovitz”) y finalmente recaló en Bilbao.

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Resume la situación actual de su país como una “narco dictadura muy afincada en el poder que no va a tener una salida pacífica ni democrática. Los venezolanos odian que diga esto, porque somos personas muy pacificas y resilientes, pero mira a lo que nos ha conducido tanta resiliencia… mira lo que nos ha hecho. ¿hasta cuándo?”, dice Ana María, quien dice desconfiar de todos los políticos de su país, independientemente de su signo político: “Los gobernantes de nuestro país no quieren dejar que los venezolanos vivan en libertad, en ninguno de los dos lados, ni Maduro ni Guaidó”. 

Nos hemos citado en la tienda oficial de Leica en Madrid, donde la joven tiene una exposición de las imágenes del fotorreportaje sobre la orquesta profesional que endulzó el confinamiento en Caracas. “Emigrar era más que un querer una necesidad: si me quedaba ahí terminaría muerta o con depresión”, me cuenta Ana María, incapaz de disimular lo feliz que le hace verse rodeada sus impresiones láser de los músicos en sus casas expuestas en la pared.

Ana María Arévalo Gosen posa durante un encuentro en la galería Leica de Madrid, donde ha expuesto las fotografías de su reportaje sobre el álbum Sinfonía Desordenada, grabado durante la pandemia por 75 músicos de diversos orígenes que mezclaron elementos de música clásica con ritmos afrocaribeños.

Fotografía de Anthony Coyle

Una diáspora galopante

El Observatorio de la Diáspora Venezolana cifra el éxodo de venezolanos en más de 7,4 millones de personas (20% de emprendedores, 14% de estudiantes y el resto, empleados). Como si su gráfico de crecimiento de la población permaneciese congelado, Venezuela lleva una década rozando los 30 millones de habitantes . "Hasta 2015, salían 120 000 personas por año, a partir del 2016 esta cifra se multiplicó por 10. El Covid y el post Covid han frenado el éxodo, pero mientras se mantengan estas condiciones de deterioro económico, la situación continuará", nos dice Tomás Páez, coordinador de esta organización que, desde 2013, se encarga de recabar información sobre el paradero de todos los compatriotas migrados en 90 países y 400 ciudades: "Hay países que han salido de una guerra en mejores condiciones", afirma, para luego destacar lo inadmisible de la contracción del PIB del 80% o el sueldo mínimo de 30 dólares al mes que reciben los trabajadores del país, "cuando la canasta básica cuesta 500".

Páez, autor de La Diáspora de Venezuela elaboró junto a su equipo una encuesta en la que puso de manifiesto que el 80% de los venezolanos que habían abandonado el país no tenían intenciones de regresar. No obstante, al ser preguntados por su interés en reconstruir el país, la cifra ascendía al 96% de respuestas positivas. A tener de esto y de lo que nos cuenta Páez por teléfono, pareciera que Venezuela estuviese formando un segundo territorio, esta vez ubicuo, que va germinando en base a toda la mano de obra y población formada que está diseminando por el planeta.

Páez rechaza de pleno usar la expresión "fuga de cerebros": “Nosotros hablamos de circulación del capital humano. Se produce una ganancia y aprendizaje. El capital humano que emigra adquiere nuevas habilidades y competencias que constituyen un proceso de crecimiento que beneficia siempre al migrante, al país de acogida y al país de origen”, afirma Páez, cuyo Observatorio también realiza estudios sobre los migrantes extranjeros que, hace décadas, recibió Venezuela.

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"No es sólo la formación", añade Páez: "hay que tener en cuenta el hecho de contar con experiencia laboral en un país en el que había cierto desarrollo relativo por encima del promedio de los países latinoamericanos en términos de desarrollo, PIB e ingresos per cápita. Para un ingeniero petrolero o un psicólogo, por ejemplo, 10 años de experiencia laboral equivalen a tres doctorados".

“Hablar de fuga de cerebros equivaldría a decir que la incorporación de la mujer al mercado laboral equivale a un abandono del hogar”

por Tomás Páez, Director del Observatorio de la Diáspora Venezolana

Siguiendo este espíritu de sembrar fuera para enriquecer adentro, el cantante y guitarrista Santiago de la Fuente formó en 2017 junto a tres panas el grupo venezolano Anakena. La agrupación ya gozaba de un éxito considerable en Venezuela cuando en 2019 Santiago se mudó a los 23 años junto a toda su familia a Madrid. “En Venezuela la música ha estado muy desatendida en los últimos años, y hemos tenido la suerte de crecer porque por entonces no había básicamente nada, ni música, ni escena ni industria”, me comenta por teléfono un Santiago que, reconoce, hace muchos viajes de ida y vuelta a su tierra, pues ahí sigue concentrándose el núcleo duro de sus fans y es ahí donde quieren hacer "revivir el arte". 

En España han dado conciertos en Barcelona, Sevilla y Madrid, donde han llegado a llenar la mítica sala Riviera, en su práctica totalidad con público de su país. Santiago reconoce que sólo actúan allá donde saben que hay venezolanos. Pero se muestra ambicioso: "no queremos ser la banda que sólo conocen en Venezuela. Cuando vuelvo a mi país yo ya no me siento en casa. Tengo más amigos venezolanos en Madrid que en Venezuela. Es muy raro".

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Santiago de la Fuente, Carlos “Mara” González, Mikel Maury y Antonio Romero son los integrantes del grupo musical venezolano Anakena.

Fotografía de Anakena

El precio del éxito

Ni que decir tiene que no todas las historias de migrantes venezolanos son de éxito. O, si se prefiere, el éxito tiene un precio: esfuerzo, sudor, y siembra. Desde los cimientos. Cristian Mulato, de 22 años, dejó a medias la carrera de Periodismo y lleva apenas tres meses en Madrid viviendo con su madre y su hermana. Dice haberse ido porque se sentía “amenzado”: “Vivía en una zona controlada por el Gobierno y vi mucha corrupción por parte de funcionarios y policías. Les tenía más miedo a ellos que a los delincuentes", comenta Cristian, haciendo énfasis en el modo en que muchos jóvenes les eran “sembradas” drogas o armas a cambio de dinero: "¿Cómo les vas a decir que no, si son la policía?” Como han hecho muchos de sus jóvenes compatriotas nada más llegar a España, ha decidido probar suerte como rider (de los alrededor de 25 000 riders en España, la mayoría son venezolanos, según la asociación Riders x Derechos).

Cristian, que actualmente está tramitando su permiso de residencia, trabaja con patinete motorizado porque no requiere licencia de conducir para ser repartidor. Aunque no es ningún secreto que muchos españoles alquilan sus cuentas en la app de reparto a cambio de un porcentaje de las ganancias, Cristian asegura que comparte su cuenta con un amigo español, con quien se va turnando. Sólo trabaja viernes, sábados y domingos, hace en torno a 20 pedidos diarios, con los que saca de media unos 50 euros al día.

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“Me muevo por todo Madrid, voy encadenando, cuando entrego, me llega otro pedido y me voy a donde me digan”. Cristian también dice sentirse muy cómodo en España y reconoce estar sorprendido por un aspecto muy concreto de los españoles: “Es duro, porque uno se va lejos de su tierra y sus costumbres, y llega a un país donde todo es distinto. La cultura es otra. Pero uno siempre está dispuesto a abrirse y aprender. Aquí todo es más tranquilo. En Venezuela, por ejemplo, un vecino puede poner música en su casa a todo volumen. Eso aquí no pasa. Aquí se respeta la tranquilidad”.

Cristian Mulato, de 22 años, lleva apenas tres meses en Madrid. Trabaja como repartidor con un patinete prestado por un amigo.

Fotografía de Anthony Coyle

Hector Genis Peralta, presidente del Consejo Iberoamericano de Negocios, también cree que hablar de "fuga de cerebros" comienza a ser un término "anacrónico" ya que, afirma, "los países nunca son, ni han sido, dueños del talento de los individuos", sino más bien el "territorio donde hemos nacido de una forma meramente circunstancial. La nueva tendencia será el 'Gobierno as a service' que consistirá en que las personas que aporten alto valor a una sociedad decidirán dónde quieren vivir y los Gobiernos les abrirán sus puertas con múltiples beneficios para animarlos. Venezuela esta destacando a nivel global por su alto nivel de emprendimiento dentro y fuera de Venezuela, en el sector industrial y específicamente en la industria petrolera, energética, en las Tecnologías de Información (software, apps) y en el marketing, donde los considero sobresalientes".

A diferencia de Cristian, el repartidor de comida, Luisa Noriega, digital content manager de Europa de Disney, sí pudo terminar la carrera de Comunicación Social. En el 2012, recién graduada, se vino sola a España aprovechando que tenía pasaporte italiano (“ya tenía más que claro que no iba a tener la capacidad de independizarme ni crecer profesionalmente allá”), cursó un máster y consiguió una beca de 600 euros que a los seis meses se amplió a 900 euros: “Es una de las diferencias entre Europa y América. Aquí, con un salario mínimo, puedes vivir, en Venezuela no”.

The Walt Disney Company es la accionista mayoritaria de National Geographic Partners.

Noriega tuvo la fortuna de contar con una abuela italiana para poder residir sin problema en la Unión Europea. En el extremo opuesto está Guayana Gómez, quien también finalizó Comunicación Social en Venezuela. Llegó a España con 25 años para hacer un máster de Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid. Lo finalizó y cursó prácticas en una empresa. Tuvo la mala fortuna de finalizar las prácticas tan sólo dos meses antes de poder optar al permiso de residencia. Esto sucedió hace siete años, desde entonces, trabaja como jefa de camareros en una popular cadena de hostelera venezolana especializada en hamburguesas: "Es como una burbuja, ya que todos mis compañeros de trabajo son venezolanos. No tengo amigos españoles, todos mis amigos son los que ya tenía allá y que se vinieron a España".

Según un informe de 2022 elaborado por la Embajada de Venezuela en España, entre la diáspora se cuentan "más de 5000 médicos, más de 7000 ingenieros y arquitectos y alrededor de 400 médicos veterinarios especializados". Pero la realidad es que menos del 30% de estos profesionales ha tenido acceso a empleos cualificados dentro de sus áreas de especialización.

Con un salario mínimo carente de lógica y una inflación interanual del 153% (frente al 10,4% de España), la situación en Venezuela está años luz de ser la mejor. A este lado del Atlántico, durante los siete primeros meses de 2022 se han recibido casi 16 000 peticiones de asilo por parte de venezolanos (de las que se aprobaron 9475), lo que supone un 65% más que en el mismo periodo de 2021.

La década de crisis económica sumada a la reciente reforma de la Ley de Extranjería en España (que simplifica los trámites para contratar a extranjeros), sugieren que, en efecto, nuestro país cada vez va a tener más ritmo caribeño.

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