La expedición polar de Ziegler, el primer documental de National Geographic

El cámara captó escenas de una expedición desorganizada y algo desastrosa al Ártico financiada por el rico empresario William Ziegler.lunes, 15 de enero de 2018

La expedición polar de Ziegler, el primer documental de National Geographic
La expedición polar de Ziegler, el primer documental de National Geographic

Los perros de trineo, los exploradores cargados y los témpanos de hielo serpenteantes podrían ser escenas de cualquier expedición al Ártico. Pero los 23 minutos de imágenes grabadas cerca del Polo Norte hace 116 años no son solo la primera grabación en los archivos de National Geographic, sino que es un vistazo a un par de aventuras científicas tremendamente desastrosas.

A principios del siglo XX, Estados Unidos vivía un frenesí polar. Durante la década de 1890, una expedición sueca en globo, dos noruegos con esquís y un duque italiano en un ballenero a vapor intentaron sin éxito alcanzar el Polo Norte. Mientras tanto, escritores famosos como Arthur Conan Doyle, Mary Shelley y Edgar Allan Poe situaron a sus personajes dentro del misterioso y crudo Ártico, y fuentes respetables tenían la teoría de que en esa zona de la Tierra residía una raza perdida de gigantes. En su libro de 1885, Paradise Found: The Cradle of the Human Race at the North Pole, el presidente de la Universidad de Boston proponía que la Atlántida, la isla de Ávalon del rey Arturo y el Jardín del Edén se encontraban en el Polo Norte.

«Estas ideas se tomaban muy en serio y nadie podía refutarlas porque nadie había estado allí», afirma PJ Capelotti, profesor de antropología y socio de The Polar Center de la Universidad Estatal de Pensilvania. Quienquiera que se convirtiera en el primero en llegar al desconocido paisaje ártico tenía garantizada fama y fortuna durante toda su vida. La «carrera polar», alimentada por los ricos hombres de negocios y la fascinación del público, se aceleró a principios del siglo XX.

Evelyn Baldwin tenía más interés en el Ártico que experiencia hasta que el empresario William Ziegler, conocido como el «rey del bicarbonato», lo escogió para dirigir una ambiciosa expedición al Polo Norte. Convencido por una versión dramatizada de un intento de hacer un campamento base avanzado en las islas del norte del archipiélago de Francisco José, Ziegler depositó su confianza y financiación ilimitada en manos de un hombre cuyo currículum completo consistía en o «mentir directamente o exagerar», afirma Capelotti.

«No quería ver a nadie que no fuera estadounidense hacerse con el honor de descubrir el Polo Norte, cuando tantos de nuestros valientes compatriotas­ han sacrificado sus vidas para llegar hasta allí», dijo Ziegler a Baldwin, según este último, en un anuncio de la expedición en McClure’s Magazine.

Baldwin estaba seguro de que tendría éxito donde otros habrían fracasado en este intento «por desentrañar los secretos guardados tan celosamente por la Esfinge de Hielo del Norte».

En 1901, el equipo de Baldwin, compuesto por 42 hombres, partió hacia la tierra de Francisco José, el archipiélago más septentrional del mundo. A bordo iba Anthony Fiala, un fotógrafo en ciernes que había dejado su trabajo de día como dibujante en un periódico para unirse a la expedición. Durante el año siguiente, Fiala produjo las que «probablemente sean las primeras imágenes de una expedición al Ártico» según Capelotti, cuyo libro, The Greatest Show in the Arctic, relata su intento.

Veintitrés minutos de imágenes que probablemente se grabaron durante la primavera de 1902 muestran perros ambulantes, lanzamientos de globos y campamentos desmontados. El nieto de Fiala, Ronald Fiala, donó el vídeo a National Geographic en 1986 y es la grabación más antigua en nuestros archivos.

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Posteriormente, Fiala describió sus técnicas para trabajar en la tundra a -30 grados sin sobreexponer ni agrietar la película. Usó un bioscopio —una cámara de vídeo— para «garantizar imágenes de hombres, perros y ponis moviéndose sobre los campos helados», escribió en un artículo de 1907 para National Geographic, junto con «el avance del America [barco] a través del hielo y, de ser posible, una lucha entre osos». Para evitar que la película se quebrase mientras trabajaba, envolvía la cámara en mantas calientes.

El viaje fue un fracaso. El equipo de Baldwin apenas avanzó hacia el norte, sus habilidades de liderazgo eran escasas y más tarde Ziegler le describió como un tipo que se quedaba parado mientras fumaba cigarrillos y comía pastel, afirma Capelotti. Cuando regresó con las manos vacías en 1902, Baldwin fue despedido.

Pero Ziegler todavía anhelaba que su expedición homónima llegase al Polo Norte y enseguida emprendió un segundo intento con Fiala al timón. Antes de partir, la pareja se reunió con Alexander Graham Bell, el entonces presidente de National Geographic, y Gilbert H. Grosvenor, su editor, que consolidó el apoyo a la misión. La esposa de Grosvenor diseñó una bandera especial con el nombre de la Society para que la expedición la llevase a bordo. 

El segundo viaje fue aún más desastroso. Fiala partió hacia el Ártico en 1903, pero su barco se hundió, dejando a la expedición atrapada en una isla del archipiélago de Francisco José durante dos años. «Fueron dos expediciones muy diferentes en cuanto a composición y liderazgo, pero las unía una cosa: su incompetencia», afirma Capelotti. Sorprendentemente, todos salvo un hombre sobrevivieron, gracias al suministro constante de carne de oso polar y morsa, y el descubrimiento de una veta de carbón. Un barco de rescate los encontró y volvieron a Estados Unidos en 1905. Por desgracia, Ziegler había muerto a principios de ese año, probablemente asumiendo lo peor.

De la expedición salieron cuantos hallazgos científicos: National Geographic publicó un libro del director científico William J. Peters —sobre la meteorología y la topografía del Ártico— en 1907, que incluía los mapas del primer ayudante científico Russell Porter y las fotografías de Fiala.

«Lo que hizo no lo había hecho nadie antes y no se ha hecho mucho desde entonces», dice Capelotti sobre Fiala. «Es una perspectiva de quiénes creíamos ser y lo que creíamos estar haciendo. Las imágenes en movimiento nos permiten verlo a través de sus ojos».

En 1909, tanto Robert Peary como Frederick Cook reivindicaron el título de haber sido el primero en llegar al Polo Norte. Desde entonces se ha cuestionado si alguno de los dos llegó en realidad. El primer equipo verificado que llegó al Polo Norte por tierra no llegó allí hasta 1968.

El siguiente viaje de Fiala le llevó a la jungla, siguiendo la expedición de Theodore Roosevelt conocida como River of Doubt a lo largo de un afluente del Amazonas. Partió seis meses después e inauguró Fiala Outfits, una empresa de suministros de expediciones que vendía de todo, desde rifles de elefantes a trineos de perros en la ciudad de Nueva York.

Baldwin nunca volvió a ir en otra expedición. Trabajó como empleado de la Armada y murió atropellado en la década de 1930. Pero pudo saborear por última vez la gloria polar: en la lápida, que probablemente encargó, aparece como un explorador del Ártico. «Está enterrado bajo su propio mito ártico en medio de Kansas», afirma Capelotti.

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El propio Capelotti consiguió un papel protagonista en la leyenda que todavía rodea el Polo Norte. Tras una expedición a la tierra de Francisco José en 2006, fue el centro de una teoría conspiratoria de Internet que afirmaba que había descubierto una raza de gigantes y que lo habría ocultado para el gobierno. «La idea de que ahí arriba haya algo bíblico o extraterrestre que sea inexplicable es realmente persistente en nuestra cultura», dice, riéndose.

Pero hay otras similitudes entre las misiones de la edad dorada al Polo Norte y los sueños del siglo XXI de un explorador. «Hay millonarios planeando viajes a la Luna».

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Dondequiera que vayan los exploradores futuros, regresarán con imágenes y vídeos para compartirlas con las masas, incluso si ya no es necesario meter las cámaras bajo mantas, como hizo Fiala. En su artículo de 1907, imaginó el potencial de esto: «Todavía hay terreno por conquistar; y es bueno saber que cuando estos lugares desconocidos sean descubiertos y se pongan las banderas del descubrimiento, con la ayuda del sol y de la química moderna podremos ver con el explorador lo que antaño habría sido un territorio prohibido y misterioso».

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