La dieta de las ballenas es mucho más colosal de lo que pensamos

Se estima que el animal más grande del mundo, la ballena azul, come más de 16 toneladas de plancton al día. Su dieta tiene consecuencias directas (y negativas) en la salud y supervivencia de los océanos.

Las ballenas jorobadas (en la foto, un animal de las costas de California) excretan enormes cantidades de heces ricas en hierro que son vitales para el ciclo de nutrientes del océano.

Fotografía de John Durban
Por Carrie Arnold
Publicado 4 nov 2021, 11:54 CET, Actualizado 4 nov 2021, 13:47 CET

Todo empezó con una sencilla pregunta: ¿Cuánto comen las ballenas barbadas?

Debido a que las ballenas barbadas -las ballenas jorobadas, las ballenas francas, las ballenas azules y otras- se alimentan en su mayoría a cientos de metros de profundidad, no nos es fácil poder observar sus comportamientos. Y no sería ni deseable ni posible tratar de responder a la pregunta manteniendo a estos enormes animales (las ballenas azules, de hasta 30 metros de largo, son el animal más grande de la Tierra) en cautividad para así controlar sus patrones diarios de alimentación. Además, algunas especies comen con voracidad durante varios meses y luego ayunan el resto del año, lo que complica aún más el seguimiento de su consumo de alimentos.

"Se trata de una cuestión tan básica que se suponía que la habíamos resuelto hace 30, 40 o 50 años, pero nadie la había medido", dice Matthew Savoca, miembro postdoctoral de la Estación Marina Hopkins de la Universidad de Stanford, en California (Estados Unidos), y explorador de National Geographic.

Para Savoca, la cuestión iba más allá de la ciencia básica y la curiosidad ardiente. La cantidad de que comen las ballenas barbadas es directamente proporcional a la cantidad que defecan. Y las heces de las ballenas son una parte importante de la productividad del océano, ya que proporcionan energía y nutrientes valiosos a una gran variedad de formas de vida marina.

Recientemente, Savoca (con la ayuda de colaboradores internacionales) se propuso encontrar la respuesta. El equipo dotó a las ballenas barbadas -llamadas así por el material erizado de sus mandíbulas, que atrapa presas diminutas como el krill y el zooplancton- en los océanos Atlántico, Pacífico y Antártico con tecnología de seguimiento avanzada. También utilizaron drones para medir las concentraciones de krill (un crustáceo del tamaño de un langostino, indispensable para la supervivencia de estos gigantes del océano).

Los resultados, publicados el 3 de noviembre en la revista Nature, son sorprendentes: las ballenas barbadas comen mucho más de lo que se creía anteriormente. Una ballena azul, por ejemplo, come una media de 16 toneladas de alimento al día, unas tres veces más de lo que los científicos pensaban.

"Este estudio demuestra que las ballenas barbadas desempeñan un papel mucho más importante en nuestro ecosistema de lo que pensábamos", afirma Sian Henley, científica marina de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido), que no participó en el estudio. Esto se debe a que las 14 especies de ballenas barbadas conocidas son cruciales para mover nutrientes vitales como el carbono, el nitrógeno y el hierro a través del océano, principalmente a través de sus excrementos.

La nueva información, dice Henley, también "nos dice que tenemos que mejorar la protección y la gestión de los océanos a la mayor escala posible, especialmente en el Océano Austral". Las aguas de la Antártida son especialmente vulnerables a los impactos humanos, en gran parte debido al calentamiento de las temperaturas por el cambio climático y la sobrepesca que interrumpen la circulación normal de nutrientes, lo que también podría perjudicar al krill y otras fuentes de alimento de las ballenas barbadas. Esto sería especialmente perjudicial, ya que estas ballenas aún se están recuperando de siglos de caza por parte del ser humano.

A medida que las ballenas sigan recuperándose, su papel en el reciclaje de nutrientes debería restablecer el ciclo de nutrientes -y estimular el krill- una vez más, dice.

“Mejor que no tener nada” 

Para calcular cuánto comen las ballenas barbadas, los científicos analizaron previamente sus necesidades metabólicas en función de su tamaño y nivel de actividad utilizando como referencia un animal estrechamente relacionado o de tamaño similar. Por ejemplo, midiendo cuánto comen las orcas (o ballenas asesinas), los biólogos extrapolaron lo que consumiría una ballena jorobada o una ballena azul.

"Cuando se trata de estudiar el comportamiento, la ecología y la fisiología de estos animales", dice Savoca, "una ballena azul y una jorobada son muy, muy diferentes de una orca". Admite que el intento anterior es "mejor que no tener nada, pero que en realidad no es una suposición muy buena".

Para su investigación, el equipo de Savoca marcó y rastreó 321 ballenas de siete especies de barbas: ballenas jorobadas, ballenas azules, rorcuales comunes, ballenas minke antárticas, ballenas de Bryde y ballenas francas del Atlántico Norte. (Relacionado: Así se alimenta el animal más grande del planeta: la ballena azul).

Savoca describe las etiquetas -dispositivos equipados con acelerómetros, magnetómetros, GPS, sensores de luz, giroscopios y cámaras adheridos al lomo de las ballenas con un pegamento especial- como "iPhones de ballena". Al igual que nuestros teléfonos pueden decirnos cuántos pasos damos en un día, los iPhones de ballena pueden medir cuántas embestidas hace una ballena y a qué profundidad. Las ballenas barbadas a menudo capturan comida lanzándose, o acelerando a través del agua en rápidas ráfagas, horizontal o verticalmente, con la boca abierta.

Una ballena jorobada marcada en el reciente estudio sale del agua para alimentarse. Las ballenas tienen barbas dentro de la boca que filtran las presas más pequeñas.

Fotografía de Matthew Savoca

El equipo también utilizó drones para medir el tamaño de la boca de la ballena, lo que les permitió calcular el volumen de agua que puede abarcar durante esas embestidas. El sonar para medir la densidad del krill que vive en el hábitat de la ballena les permitió determinar cuántos de estos diminutos animales parecidos a las gambas podía tragar la ballena en cada embestida.

Al reunir todo esto, descubrieron que los animales marcados comían entre el 5 y el 30 por ciento de su peso corporal en krill cada día. Las estimaciones anteriores sugerían que las ballenas barbadas consumían menos del 5 por ciento de su peso corporal al día.

El misterio del krill desaparecido

Este descubrimiento también ayuda a resolver otro enigma, dice Savoca: por qué los océanos de la Antártida no están repletos de krill. Las ballenas barbadas, los principales depredadores de estos diminutos crustáceos, fueron casi erradicadas durante la década de 1900, una época de caza industrial de ballenas que Savoca califica como "una de las campañas de exterminio más eficaces y eficientes de la historia de la Tierra".

Aunque la gente extrae cada vez más krill para alimentar a los peces y por su aceite rico en nutrientes, esa industria no es lo suficientemente grande como para explicar por qué las aguas polares no están rebosantes de esta fuente de alimento tan vital para ballenas, focas y otros, según Savoca.

A finales de la década de 1980, el biogeoquímico marino John Martin planteó la hipótesis de que la falta de hierro en el Océano Antártico limitaba el número de fitoplancton, que es la principal fuente de alimento del krill. Las plantas y los animales sólo necesitan cantidades mínimas de hierro, pero no pueden sobrevivir sin él.

Experimentos posteriores demostraron que las heces de las ballenas son uno de los materiales más ricos en hierro del océano. Junto con el polvo del desierto del Sáhara y otras fuentes terrestres, esta fuente de hierro constituía la columna vertebral del ciclo del hierro en el Océano Austral. Al comer, digerir y eliminar el krill, las ballenas toman el hierro de las profundidades del océano y lo llevan a la superficie con sus heces flotantes, haciéndolo utilizable para el diminuto fitoplancton, la principal presa del krill. Un mayor número de heces crea un bucle de retroalimentación positiva, ya que más fitoplancton significa más krill, que puede mantener a más ballenas.

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    Una ballena jorobada nada cerca de Tonga, en el Océano Pacífico.

    Fotografía de GREG LECOEUR, Nat Geo Image Collection

    Dado que las poblaciones de ballenas barbadas de la Antártida, en particular los rorcuales comunes y los rorcuales aliblancos, siguen aumentando, es lógico que el krill no se haya recuperado todavía, afirma Savoca. Pero hay señales positivas: el número de ballenas jorobadas en el Atlántico Sur occidental ha aumentado hasta 25 000, frente a sólo 450 a mediados del siglo XX.

    La respuesta no es tan sencilla

    Emma Cavan, biogeoquímica marina del Imperial College de Londres (Reino Unido), alaba el estudio pero señala que decir que "el número de krill ha bajado sólo porque el número de ballenas ha bajado" es "una solución demasiado simple". El cambio climático y la pesca también juegan un papel importante.

    Por ejemplo, el clima está cambiando más rápidamente en las regiones polares, y los cambios resultantes -como un agua más cálida y ácida- podrían reducir las poblaciones de fitoplancton.

    Aun así, dice Cavan, el estudio es un fuerte recordatorio de que los océanos sanos necesitan a las ballenas, y sus desechos.

    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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